No hay otoño sin Río

Resulta que es este soleado otoño el que anda echando una mano a Ignacio del Río, que tiene en su caótico estudio hasta las gamas cromáticas que no existen: la luz se filtra tan pura, tan intensa, que parece guiar su mano sabia por el lienzo, que parece decirle ‘aquí, por aquí’, para alumbrar sobre la nada un nuevo cuadro, que es ahora una marina, que es luego un maremagnum de hojas, que es al cabo un noche tormentosa, de filo y bruma, o un éxtasis taurino, o una flora perfecta. Se mueve el maestro en torno al cuadro como el boxeador que bailara frente a su contrincante, tanteándolo, midiéndolo, amagando con cintura, meditando el ataque en el momento exacto: un golpe de azul y otro de fuego que hacen enmudecer al adversario -hasta entonces pálido- que se rinde ante la fuerza de la vida que encierra la paleta del pintor. «Siempre me enfrento al lienzo de cara».
Anda estos días el artista trabajando a machamartillo, y viéndole pintar nadie creería sus palabras: «Estoy agotado, necesitaría parar, estar un año largo sin pintar». Hay amargura en esa confesión, tan seria e íntima que se antoja impropia en él. Y sin embargo Ignacio del Río no podría dejar nunca de pintar. Pronto añade, ahora sí más él que nunca, que se merece un descanso «más que el rey y la madre que lo parió». En su luminosa guarida con vistas al Espolón hay un buen número de ejemplos, arrumbados y repartidos por todas las estancias, tan al albur que parece que se hubiesen caído de repente. Muchos de esos cuadros que ahora dormitan como olvidados serán pronto las estrellas de su próxima exposición. No hay otoño sin Río. Sería una estación incompleta, huérfana del artista brillante y bohemio, del hijo pródigo y maldito que lleva seis décadas de arte a las espaldas, sesenta años de abismos y genialidades. Toda una vida de amor y dolor. De reconocimiento y olvido.
Pronto su inconfundible silueta de clochard se hará ubicua y le verán ustedes Espolón arriba y abajo, abriendo y cerrando bares, con el Marlen como guardia pretoriana, anunciando que regresa, que ya está aquí. Que no se ha ido ni se irá nunca aunque siempre tenga palabras dolientes sobre esta tierra que ama, una tierra que él pinta comoDios, como ese paisaje nevado que nos regaló en un arreón de genio, despacio pero con pulso firme, dejando estupefactos al que esto escribe y al que lo retrató en imágenes. Silba Ignacio con la paleta manchada de un blanco puro; silba cuando unta el pincel en esa paleta con forma de reclinatorio para dar forma a las casas, al árbol, al hombre que, cuando concluya el cuadro, sentirá en su rostro el frío del invierno. Silba Ignacio y el otoño se enciende. «Tengo todo en la cabeza», dice mientras se apunta un recado en la mano y lee otro escrito en la pared y señala el paisaje nocturno con luna llena que ha rematado esa mañana. Es el artista su mejor cuadro.
Maldice de la realidad, de la puñetera crisis que tiene a medio mundo ahogado. Y añade con lucidez:«En los momentos de crisis lo primero que se intentan cargar los poderosos es la cultura. Pero por una razón muy sencilla: porque son incultos y les jode». Deambula el artista burgalés por su laberíntico estudio.Muestra ahora una impresionante arboleda otoñal, un cuadro grande, vertical, que es el primer gran anticipo del otoño.Muy pronto, todos los árboles de esta ciudad se parecerán a ese cuadro hipnótico. La exposición de Ignacio del Río tendrá gallos, plazas de toros, paisajes nevados, otoños, flores, subyugantes marinas… y alguna sorpresa, tal vez algún retrato, una de esas obras con las que siempre sorprende porque se sale del tono general de la muestra. «Quiero vivir, sólo quiero vivir. Me siento cada vez más viejo y más sabio», subraya con melancolía en el instante en el que procede a firmar el paisaje con nieve que ha realizado durante nuestra visita, ese RÍO inconfundible que en esta ciudad siempre lleva en su caudal toda la luz del otoño.

R. Pérez Barredo / Burgos – sábado, 13 de octubre de 2012

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